Iglesia

Belleza de las Almas
Orlando Fedeli


1- Las maravillas de Dios

"Cuán magníficas son, Señor, tus obras! Cuán profundos son tus pensamientos!" (Ps.XCI,6), exclama el salmista elevado por la belleza del universo material y, más aún, por los pensamientos profundos que sus símbolos revelan. En efecto, el mirar humano no se cansa de admirar la inmensidad de los cielos, la grandeza del mar y la majestad de las montañas. El se deslumbra con el brillo de las estrellas, con el resplandor del fuego y con chispear de las olas. Y la variedad de las flores, y la gracia de los lagos, y la dulzura del viento le son amables.

Aún, más que la belleza de todas las criaturas, el hombre admira los símbolos que en ellas hay, símbolos que son como voces que le hablan de los pensamientos profundos de Dios. Símbolos que son como ecos o como espejos de las bellezas espirituales de las almas, de los ángeles y hasta de Dios mismo.

Quedarse en mera belleza material es apreciar mal la belleza de la creación, despreciando lo que que ella tiene de mejor y más santo. "Guárdate, con todo, alma mía, de injuriar al Creador, y de esposa que eres te vuelvas adúltera, amando más los dones que el afecto del Amante. Hay de ti -exclama San Agustín en las "Confesiones"- Hay de ti, si andas vagando por sus pisadas, si amas sus señales por el lucro temporal, pero no atiendes a lo que te está insinuando aquella luz beatísima, la inteligencia de la mente purificada -Dios- cuyos vestigios y señales son el ornamento y el decoro de todas las criaturas" (San Buenaventura, "Soliloquio", I, 7).

En efecto, San Buenaventura dice que Dios colocó, en la naturaleza creada, vestigios, imagen y semejanza con El.

Vestigios son marcas dejadas por un ser. Por ejemplo, las marcas de los pasos de in hombre en la arena de una playa son vestigios de ese hombre y no su imagen.

Así en toda la creación podemos encontrar vestigios de Dios, en el orden existente en todas las criaturas. El orden atómico y el orden celular son vestigios de la Sabiduría de Dios en los seres inferiores al hombre. Así también el bien existente en todo ser es un vestigio de la infinita bondad de Dios.

Pero en los ángeles y en los hombres hay, además de vestigio de Dios, imagen de El, porque así como en Dios hay inteligencia y voluntad, así también en los ángeles y en los hombres hay inteligencia y voluntad.

Entretanto, San Buenaventura pondera que en los demonios y en los pecadores, aunque permanezca la imagen de Dios, ya no hay semejanza, porque ésta consiste en tener la vida de Dios, por la gracia santificante.

Verdaderamente semejantes a Dios solo son los ángeles del cielo y los hombres que están en estado de gracia.

Es en ésta semejanza que consiste propiamente la belleza de las almas.

No hay, por lo tanto, en la tierra mayor belleza que la que hay en las almas de los santos.

 

2- Belleza de las almas

El hombre, por tener alma espiritual en un cuerpo material, tiene una posición intermedia entre los seres materiales y los espirituales: Dios y los ángeles. Como Dios y los ángeles, el alma es espiritual, aunque debe estar unida a un cuerpo material. Como espíritu, por lo tanto, ella supera metafísicamente a todos los seres materiales y de ahí su bien y su belleza no tiene igual en las cosas sensibles. Nada hay en la naturaleza visible, por más maravilloso que sea, que se equipare a la belleza de un alma, porque la realidad es siempre es superior al símbolo y siendo, las bellezas materiales, meros símbolos de las bellezas espirituales del alma, ésta posee una belleza superior a la de los símbolos.

"En la medida en que el espíritu es más noble que el cuerpo, así, el espejo del alma, que refleja la belleza del arte eterno, es más hermoso que cualquier otro espejo y que cualquier otra belleza corporal" (San Buenaventura, "Discursos ascético-místicos" Santa Inés, discurso 2, IV).

La belleza de las criaturas es causada por las señales y vestigios de Dios, pero la belleza del alma humana proviene de ser hecha imagen de Dios, Belleza absoluta.

"A mi parecer -dice San Buenaventura hablando del valor del alma humana- tu mayor nobleza y excelencia estriba en que, para tu honra y hermosura, tienes impresa en ti la imagen de la Trinidad beatísima" (San Buenaventura, "Soliloquio" I,3).

Además de eso, Dios hizo el alma inmortal y para enaltecer ese valor, San Buenaventura cita un pasaje de San Agustín en el "De Trinitate":

"Oh alma advierte que tu Criador además de ser, hermoso ser, eterno ser, y el vivir, y el sentir y el discernir; El te dotó de sentidos y te ilustró con la sabiduría. Mira pues, tu hermosura y entenderás que hermosura tienes que amar. Y si por ti misma no eres capaz de contemplarte como conviene, porqué, por lo menos, no aprendes a estimarte como mereces por juicio ajeno? Tu tienes un Esposo, y si no dudares de su hermosura, claramente verás que, siendo tan hermoso, tan gracioso, tan único Hijo de Dios nunca se agradaría de tu vista, si no lo arrebatase tu singular belleza, más admirable que toda belleza creada"

Y a continuación dice el propio San Buenaventura:

"El Rey cuya hermosura el sol y la luna admiran", cuya grandeza cielos y tierras reverencian, con cuya sabiduría son iluminados los ejércitos de los espíritus celestiales, de cuya bondad se sacian los coros de los bienaventurados, éste mismo (Rey) desea hospedarse en ti, Alma mía, y desea y apetece tu cenáculo que el palacio del cielo. Porque "sus delicias consisten en estar con los hijos de los hombres" (Prov., VIII, 32; San Buenaventura, "Soliloquio", I, 4 y 5).

Tan grande es la belleza de las almas que Dios murió en la Cruz por amor de ellas.

 

3- La belleza moral

Si el alma es bella por naturaleza, ella puede embellecerse aún más por la virtud o sino quedarse monstruosa por el pecado.

Santo Tomás, en la Suma Teológica (II, IIae, q. 145, a. 2) explica, con san Agustín, que la verdadera hermosura existe más propiamente en los eres espirituales y por la virtud que en las cosas materiales.

Veamos:
En la belleza o hermosura, escribe Dionicio, concurren dos cualidades: claridad y proporción, pues Dios se dice hermoso "como causa de la proporción y del esplendor de los seres". Así, la belleza del cuerpo depende de la proporción de los miembros con cierta luz que los ilumina, y la belleza espiritual consiste en que la conversación y la s obras sean proporcionadas a la claridad espiritual. Como eso mismo es lo que integra la razón de la honestidad -identificándose con la virtud- se sigue que el mismo ser honesto es ser bello.

Podríamos pues decir con san Agustín: "LLamo honesto a la belleza espiritual; a las cosas revestidas de belleza sensible se aplica de modo mucho peor el epíteto de hermosas".

a) La luz de la virtud

Ya tuvimos ocasión de citar la aplicación de la definición de belleza, hecha por E. de Bruyne a la belleza moral: "la belleza moral consiste en el esplendor de la razón sobre los actos perfectamente proporcionados" (E. Bruyne, "Estudios", vol. III, pag. 328).

En la belleza moral, el carácter formal es dado por la luz de la razón y el carácter "material" por la proporción de los actos.

Santo Tomás afirma que la propia bondad de las acciones tiene raíz en la sapiencialidad; esto es, en su razonabilidad. Es la luz de la sabiduría y de la verdad que ilumina y ordena las acciones virtuosas, dándoles el brillo de la belleza (II-IIae, q. 142, a. 4).

Y aún dice el aquinate:
"La belleza de las acciones humanas depende de su conformidad con el orden de la inteligencia como enseñó Tulio: Es bello todo cuanto dice bien de la excelencia del hombre en el aspecto en que él difiere de los otros seres" (Santo Tomás, "Suma Teológica", II-IIae, q. 142, a. 2).

Es pues, la luz de la inteligencia que da el resplandor de la forma a los actos virtuosos. Y es por eso que la belleza moral se encuentra esencialmente en la vida contemplativa, en cuanto en las virtudes morales la belleza existe por participación. (cf. Santo Tomás, "Suma Teológica", II-IIae q. 180, a. 3 ad 3m).

Por lo tanto la contemplación es la que da al alma una belleza luminosa. san Buenaventura trata largamente de ese tema y afirma que "el alma contemplativa que ve a Dios en la contemplación queda toda embelesada". El explica que la contemplación tiene cuatro grados:

1) serena: cuando el alma considera serenamente las cosas exteriores.
2) secreta: cuando considera su propia belleza interior.
3) excelsa: cuando contempla los bienes celestiales eternos.
4) jucunda: cuando el alma extasiada contempla a Dios.

Esos cuatro grados de contemplación hacen al alma hermosa de tal modo que a ella San Buenaventura aplica las palabras del Cantar de los Cantares:

"Tota pulchra es amica mea, tota pulchra es, et macula non est in te".
"Quae est ista quae progreditur quasi aurora consurgens, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata".
"Pulchra es, amica mea suavis et decora sicut Jerusalem".
"Quam pulchra es et quam decora, carissima in deliciis!".
["Toda hermosa eres amiga mía, toda hermosa eres, y  no hay defecto alguno en ti".
"Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército  formado en batalla".
"Hermosa eres, querida mía, y llena de dulzura, bella como Jerusalén."
"Cuán bella y agraciada eres, oh amabilísima y deliciosísima!" ]
(Cf. San Buenaventura, "Discursos ascético-místicos" Santa Inés, disc. 2, IV).

b) La proporción de las virtudes

Según Guilherme de Auvergne, tenemos por naturaleza, en nosotros, el amar lo que nos es conveniente, decoroso. siempre que el hombre se encuentra con algo que por naturaleza le es conveniente, siente placer, ya sea la cosa conveniente una criatura ya sea una acción. En las cosas sensibles se encuentra el decoro como causa de su belleza, ya que algo es bello cuando posee todo lo que le conviene, en la proporción debida.

De la misma forma, en las acciones virtuosas, el decoro es la causa de la belleza. Practicamos esas acciones porque comprendemos que son convenientes y que deben ser hechas de cierta forma, es decir, conforme a cierta proporción, pues que en los actos virtuosos siempre debe haber una proporción entre el fin y los medios.

Por lo tanto es la conveniencia (decoro) de la propia acción y la conveniente proporción con que ella es hecha lo que da belleza "material" al acto virtuoso.

c) Lo bello moral y el orden

Lo feo moralmente se llama pecado.

Nadie puede hacer el mal moral por el propio mal, sino que siempre se practica el mal procurando un bien relativo. Actuar mal es romper el orden de los bienes, colocando un  bien menor sobre un bien mayor. Lo feo, moralmente consiste en desordenar las cosa bellas en sí mismas.

Todas las cosas son, por lo menos metafísicamente, bellas; pero, puestas fuera de su lugar conveniente, o fuera de proporción, se hacen destructoras de la belleza: ojos, bellos en sí mismos, fuera del lugar conveniente, se volverían monstruosos.

Por lo tanto, así como el orden conveniente de los elementos es esencial para la belleza de un conjunto, así también lo es el orden sapiencial que hace bellas las acciones humanas porque lleva a hacer todo con conveniencia y proporción, es decir, con decoro.

Por eso, así como la belleza visible agrada, por sí misma, a la vista, así también la belleza moral es aquello que, por sí mismo, agrada a la recta razón.

 

4- Belleza del alma y belleza del cuerpo

La suma belleza es encontrada por el hombre en aquello que le es más conveniente, en aquello que es su razón primera y última de existir; esto es, en Dios. El Creador de todas las cosas es El el sumo Bien y la suma belleza, que debe ser amado y que nos conviene absolutamente.

La Belleza infinita de Dios es el modelo ejemplar a imitación del cual todas las cosas fueron creadas. Y las criaturas son como que espejos de esa divina Belleza: conforme al grado de perfección del espejo será la perfección de la imagen reflejada.

Como los seres espirituales son más perfectos que los seres materiales, en ellos la Belleza divina es más clara y más nítidamente reflejada. Por eso la belleza espiritual es incomparablemente superior a la material.

Sabemos que Dios es bueno y que hace el bien. Para que el hombre sea una imagen más perfecta del Creador, no basta que sea bueno -todo hombre es bueno por naturaleza- aún es necesario que haga el bien. Es pues la virtud que permite que haya en el hombre una imagen más completa de Dios. (cf. Santo Tomás, "Suma Contra Gentiles" Libro II cap. XLV y "Suma Teológica" I, q.50a 4)

Ahora bien, en Dios, Bien y Belleza se identifican, de modo que se podría parafrasear el raciocinio de Santo Tomás diciendo que Dios es la Belleza y que El hace todas las cosas bellas. El hombre solo tendrá, en sí, una imagen más perfecta del Creador, en el caso en que no solo él sea bello -y metafísicamente toda criatura es bella- sino también que haga cosas bellas; si él se embellece por la virtud.

El hombre puede hacer cosas bellas -y entonces será un artista- o acciones bellas -y entonces será virtuoso-.
Es por la práctica de la virtud que el hombre embellece su propia alma y que embellece a los otros por el ejemplo -el buen perfume de los actos virtuosos- llevándolos a amar la belleza y la virtud y a querer poseerla también.

La belleza del alma virtuosa se refleja en el propio cuerpo, especialmente en el rostro. Ya que el alma es la forma del cuerpo. Dios hace que el semblante del hombre sea un reflejo de su alma. Cómo podría no ser así? Si todo orden material es símbolo del espiritual, cómo es que el rostro de alguien no sería imagen de su propia alma? Por eso es que en las Sagradas Escrituras dice:

"Por el semblante se conoce al hombre, y por los trazos del rostro se conoce al hombre sensato" (Ecl. XIX, 26). Y también: "Resalta en el rostro del hombre su sabiduría, y el Todo Poderoso le mudará el semblante" (Ecl. VIII, 1).

Evidentemente la belleza de las almas que se refleja en el rostro nada tiene que ver con la mera belleza material, proveniente de proporciones.

Una persona de rostro proporcionado, pero sin embargo mala, reflejará en su cara, de alguna forma, la fealdad de su alma.

Cuando decimos que la belleza del alma se refleja en el rostro de las personas, nos referimos, evidentemente, a la belleza moral y no física. por ejemplo, los rostros de los profetas de Aleijadinho son desproporcionados, con narices y quijadas desproporcionadas; sin embargo, con altísima belleza moral. Es, entonces, en este sentido que afirmamos que la belleza de las almas --belleza moral-- se refleja en los rostros.

Por eso, si alguien quisiera que la luz de la belleza brille en su rostro, es necesario hacer antes que la llama del verdadero amor arda en el corazón, porque la luz de la belleza proviene de la llama del Amor.

Bibliografía

1- SAN BUENAVENTURA - Soliloquio.
2- SAN BUENAVENTURA - Discursos ascético-místicos.
3- SANTO TOMAS - Suma Teológica.
4- SANTO TOMAS - Suma Contra Gentiles.
5- E.DE BRUYNE - Estudios.

Nota: Original en Portugués. La traducción fue un servicio de AMAS (Asociación Mariana Apostólica Sacerdotal).


    Para citar este texto:
"Belleza de las Almas"
MONTFORT Associação Cultural
http://www.montfort.org.br/esp/veritas/igreja/belezadasalmas/
Online, 12/11/2019 às 10:57:12h