José Joaquín Iriarte
César Vidal no es un nostalgico del franquismo (a su
época la llama «dictadura») sino un joven historiador que ha irrumpido en
la historia de la Guerra Civil con un escalofriante relato de uno de los
períodos revolucionarios más sangrientos de la II República Española. «Las
checas de Madrid» (Belacqua) es una invitación a no olvidar la historia, «pero
sí a conocerla sin odios ni falsedades». – Afirma en el libro que se vivió
una persecución religiosa «cuyo único precedente aproximado se hallaría,
antes del siglo XX, en la terrible persecución contra los cristianos
desencadenada por Diocleciano». ¿No se encuentra en la Historia ningún
otro paralelismo? – Lamentablemente sí los hubo. Las matanzas masivas de
sacerdotes y católicos durante la revolución mexicana o la persecución de
cristianos de todas las confesiones durante el régimen soviético son
claros precedentes de lo que realizaría el Frente Popular en España. – ¿Cuántos
clérigos y laicos –por su condición de católicos– fueron asesinados en la
Guerra Civil? – El número de sacerdotes y religiosos es cercano a los
siete mil, es decir, muchos más fusilados en números absolutos (no digamos
ya proporcionales), que los miembros de cualquier otro colectivo, ya
formaran parte de un sindicato, de un partido o de la masonería. Por lo
que se refiere al número de católicos, por el simple hecho de serlo, es
más difícil de calcular, pero estaríamos hablando, sin ninguna duda, de
una cifra muy superior. – ¿Es cierto que sólo en Madrid el número de
asesinatos superó a los de la dictadura de Pinochet? – Sin ningún género
de dudas. El número de asesinados por las checas de Madrid superó
ampliamente los doce mil –ésos son los nombres incluidos en mi libro– y
pudo incluso rebasar la cifra de quince mil. – ¿A qué se llamaba checa? –
El nombre de checa derivaba de la «cheká» soviética, un organismo creado
por Lenin para implantar el terror como instrumento de perpetuación de su
dictadura. – ¿Cuántas hubo en Madrid? – Más de doscientas, entre las que
se encontraban dos del PNV. – ¿Dos del PNV? – Sí, porque, aunque a usted
le asombre, el PNV también tuvo parte en la represión. – Cuántas iglesias
fueron incendiadas, destruidas o profanadas? – De nuevo la cifra debe
evaluarse en varios millares, ya que en la zona controlada por el Frente
Popular no hubo lugar de culto que no fuera objeto de ultrajes. – Los
sacerdotes asesinados, ¿se distinguían por alguna actividad política? – En
absoluto era gente que se dedicara a la política ni tampoco –como se ha
dicho tantas veces– que fueran amigos de los poderosos. Lo que existía,
como había señalado décadas atrás Pablo Iglesias, el fundador del PSOE,
era una guerra ideológica declarada por las izquierdas que para ellas sólo
podía acabar con la desaparición del cristianismo.
NI UNA SOLA APOSTASÍA
– ¿Un testimonio de especial ejemplaridad? – Sería injusto fijarse en
uno solo. Basta recordar las palabras de aquel autor francés que,
refiriéndose a los sacerdotes y religiosos asesinados por el Frente
Popular dijo: «¡Siete mil asesinados y ni una sola apostasía!». Habría que
añadir que fueron mayoría los que murieron perdonando a sus asesinos. – ¿Cuál
ha sido el criterio para, desoyendo opiniones contrarias por razones de «oportunidad
política», la Iglesia haya elevado a los altares a los mártires de la
Guerra Civil? – El tema desborda mi labor como historiador, pero en mi
opinión la razón resulta obvia: fueron mártires a los que se dio muerte no
por razones políticas o sociales, sino porque se odiaba fanática y
visceralmente a su ministerio religioso y su fe. – ¿Hubo por parte del
Frente Popular un auténtico odio a la fe? – Sin ningún género de dudas.
Fue anterior a la constitución del Frente Popular. Así quedó de manifiesto
ya en mayo de 1931 con las primeras quemas de conventos; siguió con la
redacción de una Constitución que colocaba fuera de la ley a las órdenes
religiosas dedicadas a la docencia; estalló en las terribles matanzas del
levantamiento socialista-nacionalista de octubre de 1934, y se amplió
durante la Guerra Civil. No deja de ser significativo que el primer número
de «El mono azul», la revista de Alberti, ya estuviera plagado de mofas,
escarnios y blasfemias contra la fe. – De no producirse el 18 de julio,
¿era inexorable la implantación de una dictadura obediente a la URSS? – Me
parece imposible negar esa posibilidad. Tal peligro ya fue señalado por el
socialista Besteiro o por Casado. La documentación soviética que aparece
en el libro muestra que Negrín había pactado con Stalin la desaparición
del sistema parlamentario y la creación de una dictadura similar a las que
se crearían en Europa después de 1945. – ¿Habríamos corrido la misma
suerte también en el caso de que la guerra la hubiera ganado el Frente
Popular? ¿Nuestra situación ahora sería como la de Bulgaria o Rumania? –
Posiblemente más cerca de Albania y de la antigua Yugoslavia que la de los
países mencionados. – Ganó Franco. ¿El llamado «nacionalcatolicismo»
sirvió a la Iglesia o se sirvió de ella? –Tengo serias dudas de que
existiera ese nacionalcatolicismo. Me parece un cliché interesadamente
simplista acuñado para desprestigiar de una sola tacada al régimen nacido
de la Guerra Civil y a la Iglesia católica y, aunque ha habido
acercamientos interesantes, posiblemente está por escribir la historia
definitiva de las relaciones entre la Iglesia católica y Franco. –
Carrillo, ¿es responsable o no de los fusilamientos de Paracuellos del
Jarama? – Así lo aseguraba Dimitrov, a la sazón factotum de la Komintern,
en un documento que reproduzco en mi libro. Creo que no existe ningún
investigador serio que haya estudiado las matanzas de Paracuellos que
pueda eximir a Carrillo de la responsabilidad de los asesinatos. Sin
embargo, al mismo tiempo, como también señalo en el libro, creo que la
responsabilidad material y especialmente moral de aquel precedente de las
matanzas perpetradas por los soviéticos en Katyn o por los nazis en Baby
Yar no se reduce sólo a Santiago Carrillo. – ¿Cree usted que el rencor de
unos y otros permanece todavía en la conciencia de los supervivientes y
descendientes de los dos bandos enfrentados? ¿Quién perdona más fácilmente?
– Creo –con los matices y las excepciones que se quiera– que en el bando
vencedor se comenzó la tarea de olvidar el horror ya en los años cuarenta,
y la prueba es la práctica ausencia de textos dedicados a recordar las
atrocidades de los vencidos. Ese deseo de olvidar –y resulta inexplicable–
no fue asumido por los derrotados hasta los años sesenta. Finalmente, el
haraquiri de las instituciones de los vencedores durante la Transición, la
instauración de una monarquía para todos y la mano tendida a una izquierda
que tenía escaso peso popular antes de 1977, permitieron hacer tabla rasa
del pasado. Quizá por eso resulta tan lamentable que en los últimos
tiempos se haya llevado a cabo el intento de crear una visión «políticamente
correcta» –y documentalmente falsa– de la Guerra Civil, que no sirve a la
asunción del pasado y a la reconciliación, sino a intereses políticos y
mediáticos sospechosos. No son los pueblos que falsean u olvidan la
Historia los que la superan, sino los que la recuerdan tal como fue y la
asumen aprendiendo las lecciones pertinentes.