Montfort

imprensa.gif (2622 bytes)

Últimas notícias  |  Igreja e Religião  |  Brasil   |  Mundo  |  Cotidiano


Mundo
(09/07/2003) Los mártires de la Guerra Civil fueron asesinados por el odio a la fe

La Razón

Historiador

Con tres doctorados (uno de ellos en Historia con premio extraordinario de fin de carrera), César Vidal aborda en su último libro las siniestras «checas de Madrid»

José Joaquín Iriarte
César Vidal no es un nostalgico del franquismo (a su época la llama «dictadura») sino un joven historiador que ha irrumpido en la historia de la Guerra Civil con un escalofriante relato de uno de los períodos revolucionarios más sangrientos de la II República Española. «Las checas de Madrid» (Belacqua) es una invitación a no olvidar la historia, «pero sí a conocerla sin odios ni falsedades». – Afirma en el libro que se vivió una persecución religiosa «cuyo único precedente aproximado se hallaría, antes del siglo XX, en la terrible persecución contra los cristianos desencadenada por Diocleciano». ¿No se encuentra en la Historia ningún otro paralelismo? – Lamentablemente sí los hubo. Las matanzas masivas de sacerdotes y católicos durante la revolución mexicana o la persecución de cristianos de todas las confesiones durante el régimen soviético son claros precedentes de lo que realizaría el Frente Popular en España. – ¿Cuántos clérigos y laicos –por su condición de católicos– fueron asesinados en la Guerra Civil? – El número de sacerdotes y religiosos es cercano a los siete mil, es decir, muchos más fusilados en números absolutos (no digamos ya proporcionales), que los miembros de cualquier otro colectivo, ya formaran parte de un sindicato, de un partido o de la masonería. Por lo que se refiere al número de católicos, por el simple hecho de serlo, es más difícil de calcular, pero estaríamos hablando, sin ninguna duda, de una cifra muy superior. – ¿Es cierto que sólo en Madrid el número de asesinatos superó a los de la dictadura de Pinochet? – Sin ningún género de dudas. El número de asesinados por las checas de Madrid superó ampliamente los doce mil –ésos son los nombres incluidos en mi libro– y pudo incluso rebasar la cifra de quince mil. – ¿A qué se llamaba checa? – El nombre de checa derivaba de la «cheká» soviética, un organismo creado por Lenin para implantar el terror como instrumento de perpetuación de su dictadura. – ¿Cuántas hubo en Madrid? – Más de doscientas, entre las que se encontraban dos del PNV. – ¿Dos del PNV? – Sí, porque, aunque a usted le asombre, el PNV también tuvo parte en la represión. – Cuántas iglesias fueron incendiadas, destruidas o profanadas? – De nuevo la cifra debe evaluarse en varios millares, ya que en la zona controlada por el Frente Popular no hubo lugar de culto que no fuera objeto de ultrajes. – Los sacerdotes asesinados, ¿se distinguían por alguna actividad política? – En absoluto era gente que se dedicara a la política ni tampoco –como se ha dicho tantas veces– que fueran amigos de los poderosos. Lo que existía, como había señalado décadas atrás Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, era una guerra ideológica declarada por las izquierdas que para ellas sólo podía acabar con la desaparición del cristianismo.

NI UNA SOLA APOSTASÍA

– ¿Un testimonio de especial ejemplaridad? – Sería injusto fijarse en uno solo. Basta recordar las palabras de aquel autor francés que, refiriéndose a los sacerdotes y religiosos asesinados por el Frente Popular dijo: «¡Siete mil asesinados y ni una sola apostasía!». Habría que añadir que fueron mayoría los que murieron perdonando a sus asesinos. – ¿Cuál ha sido el criterio para, desoyendo opiniones contrarias por razones de «oportunidad política», la Iglesia haya elevado a los altares a los mártires de la Guerra Civil? – El tema desborda mi labor como historiador, pero en mi opinión la razón resulta obvia: fueron mártires a los que se dio muerte no por razones políticas o sociales, sino porque se odiaba fanática y visceralmente a su ministerio religioso y su fe. – ¿Hubo por parte del Frente Popular un auténtico odio a la fe? – Sin ningún género de dudas. Fue anterior a la constitución del Frente Popular. Así quedó de manifiesto ya en mayo de 1931 con las primeras quemas de conventos; siguió con la redacción de una Constitución que colocaba fuera de la ley a las órdenes religiosas dedicadas a la docencia; estalló en las terribles matanzas del levantamiento socialista-nacionalista de octubre de 1934, y se amplió durante la Guerra Civil. No deja de ser significativo que el primer número de «El mono azul», la revista de Alberti, ya estuviera plagado de mofas, escarnios y blasfemias contra la fe. – De no producirse el 18 de julio, ¿era inexorable la implantación de una dictadura obediente a la URSS? – Me parece imposible negar esa posibilidad. Tal peligro ya fue señalado por el socialista Besteiro o por Casado. La documentación soviética que aparece en el libro muestra que Negrín había pactado con Stalin la desaparición del sistema parlamentario y la creación de una dictadura similar a las que se crearían en Europa después de 1945. – ¿Habríamos corrido la misma suerte también en el caso de que la guerra la hubiera ganado el Frente Popular? ¿Nuestra situación ahora sería como la de Bulgaria o Rumania? – Posiblemente más cerca de Albania y de la antigua Yugoslavia que la de los países mencionados. – Ganó Franco. ¿El llamado «nacionalcatolicismo» sirvió a la Iglesia o se sirvió de ella? –Tengo serias dudas de que existiera ese nacionalcatolicismo. Me parece un cliché interesadamente simplista acuñado para desprestigiar de una sola tacada al régimen nacido de la Guerra Civil y a la Iglesia católica y, aunque ha habido acercamientos interesantes, posiblemente está por escribir la historia definitiva de las relaciones entre la Iglesia católica y Franco. – Carrillo, ¿es responsable o no de los fusilamientos de Paracuellos del Jarama? – Así lo aseguraba Dimitrov, a la sazón factotum de la Komintern, en un documento que reproduzco en mi libro. Creo que no existe ningún investigador serio que haya estudiado las matanzas de Paracuellos que pueda eximir a Carrillo de la responsabilidad de los asesinatos. Sin embargo, al mismo tiempo, como también señalo en el libro, creo que la responsabilidad material y especialmente moral de aquel precedente de las matanzas perpetradas por los soviéticos en Katyn o por los nazis en Baby Yar no se reduce sólo a Santiago Carrillo. – ¿Cree usted que el rencor de unos y otros permanece todavía en la conciencia de los supervivientes y descendientes de los dos bandos enfrentados? ¿Quién perdona más fácilmente? – Creo –con los matices y las excepciones que se quiera– que en el bando vencedor se comenzó la tarea de olvidar el horror ya en los años cuarenta, y la prueba es la práctica ausencia de textos dedicados a recordar las atrocidades de los vencidos. Ese deseo de olvidar –y resulta inexplicable– no fue asumido por los derrotados hasta los años sesenta. Finalmente, el haraquiri de las instituciones de los vencedores durante la Transición, la instauración de una monarquía para todos y la mano tendida a una izquierda que tenía escaso peso popular antes de 1977, permitieron hacer tabla rasa del pasado. Quizá por eso resulta tan lamentable que en los últimos tiempos se haya llevado a cabo el intento de crear una visión «políticamente correcta» –y documentalmente falsa– de la Guerra Civil, que no sirve a la asunción del pasado y a la reconciliación, sino a intereses políticos y mediáticos sospechosos. No son los pueblos que falsean u olvidan la Historia los que la superan, sino los que la recuerdan tal como fue y la asumen aprendiendo las lecciones pertinentes.

 


Home | Veritas | Cadernos Montfort | Documentos da Igreja
Destaques da Imprensa | OraçõesEspaço do leitor

© Associação Cultural Montfort
Dúvidas relacionadas aos artigos: preencha o formulário